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Ser mamá en cuarentena

Ser mamá en cuarentena

Alana Avendaño
Hija en cuarentena

Son las 6:20 de la mañana y una deliciosa vocecita me dice: “¿Mama, ya te despertaste?”. Obviamente ya me “desperté”.  Mi día ha empezado oficialmente. Ya no existen esos “cinco minutitos, por favor” que le pedía a mi mamá antes de ir al colegio o la posibilidad de aplazar mi alarma.

Me levanto y lo primero que hago es ir al baño y lavarme la cara. Tengo la máscara de pestañas chorreada en los ojos. Mi hija está parada mirándome mientras se chupa el dedo. Escucho a mi esposo levantarse porque tiene que prepararse para su “morning call”.

“Debo hacer el desayuno”, pienso. Es todo un tema pensar qué querrá comer ella. Un día quiere huevo, otro día avena blanca (porque la de chocolate la hizo vomitar en el colegio), otro día quiere yogurt con cereal y ahora último se le ha dado por el “sanguchito con queso”. Simplemente espero que coma algo. Me preparo un café. Definitivamente necesito uno.

Tengo que lavar todo, porque sino lo hago yo, ¿quién más? Ese ha sido mi mantra durante la cuarentena. Estoy acostumbrada al privilegio de tener ayuda en casa, realmente una bendición, un privilegio total y completo.

“Estoy acostumbrada al privilegio de tener ayuda en casa, realmente una bendición, un privilegio total y completo”.

Pero ahora no hay quien me ayude. Mi esposo trabaja todo el día como loco porque en su rubro hay muchísimo trabajo por hacer. Felizmente, me ayuda bastante en los momentos que tiene tiempo libre. La verdad es que me siento bendecida porque tengo un compañero en todo sentido y de verdad no me puedo quejar.

Ok, mi hija comió bastante. Me alegro. Ahora sigo. Debo hacer el arroz y empezar con la picadera para el almuerzo. “Tengo que terminarlo antes de bañarme”, pienso. La preparación es interrumpida por aproximadamente 500 gritos que entonan “mamá”.

Tengo que ir y venir todo el tiempo para bajarle un muñeco a mi hija, cambiarle el pantalón porque lo ensució, lavarle las manos porque tiró la tierra de las macetas, agarró la comida del gato y la puso en su agua, cogió la pelota de la perra y luego se chupo el dedo, etc. Me desarma con sus risas y sus abrazos en el ínterin. Por más que me saca de quicio, la amo con locura. Sigo picando la cebolla.

El día sigue

Ahora me pongo en modo lavandería mientras se va preparando la comida. Creo que es momento de cambiar las sábanas. “Mejor las dejo un día más”, pienso. Sigo limpiando. El piso del baño es blanco y se ve asqueroso cada 3 minutos. Saco la basura de los baños y limpio el arenero del gato. “Dios mío, la perra tiene que salir”, recuerdo.

Solo ha hecho pila y como no podemos sacarla a pasear un buen rato, le cuesta demasiado cagar. Salgo por la puerta, no hay nadie, me pongo mi mascarilla y guantes, abro la puerta y le tiro la pelota a mi perra por la vereda unas cinco veces para que corra. Agradezco que mi calle es de una cuadra y no pasa nadie. Después de unos 10 minutos, por fin decide cagar. doy gracias a Dios, recojo su caca y cierro la puerta.

Es hora de bañarme, por fin, no soporto más. Dejo a mi hija jugando con su papá. Obviamente él le prende la tele para poder seguir trabajando. Me baño en un santiamén y empiezo a arreglarme. La verdad es que me muero sin maquillarme. Son mis 10 minutos del día: no le pertenecen a nadie más que a mí. Si tengo suerte, hago un video para mi Instagram.

“Leo aproximadamente unos seis cuentos hasta acabar un poco ronca, le doy su leche y con suerte a las 9 de la noche se queda dormida (ha sido “ojo duro” desde que nació)”.

Es hora de almorzar, felizmente mi hija comió y mi esposo repitió. Todos con la barriga llena y el corazón contento. Seguimos con las tareas del colegio. Agradezco que está en prekínder y que solo tengo una hija. Mis respetos por los que tienen hijos más grandes y varios niños. Pintamos, hacemos alguna manualidad o quizás preparamos un postre juntas.

Así se pasó la tarde. Ahora es momento de bañarla, mirar tele un buen rato y jugar otro poco antes de cenar. Pasa un rato más y ya es la hora de hacerla dormir. Le leo aproximadamente unos seis cuentos hasta acabar un poco ronca, le sirvo su leche y con suerte a las 9 de la noche se queda dormida (ha sido “ojo duro” desde que nació).

Espero no dormirme. Es difícil aguantarme las ganas, pero intento no cerrar mis ojos. Veo un par de series con mi esposo, comemos un poco de canchita y, si tenemos suerte, surgen un par de cariños entre nosotros (si aún me queda un poco de energía). Adiós. A dormir. Vamos a ver qué tal me va mañana.

Te amo Amelie, todo por ti. Espero que el mundo sea mejor después de esto.

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