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Mi historia antes y después de salir del clóset

Mi historia antes y después de salir del clóset

Redaccion Vitamina M
Salir del clóset

Nací así y muy rápido tuve que entender que era una persona diferente. Aprendí a observar. Tenía que ir midiendo qué podía hacer o decir sin reflejar mis verdaderos sentimientos. Esta es mi experiencia antes y después de salir del clóset. 

Por: Santiago Robles @elsantero_

La heteronormatividad social impuesta te dice que los chicos se hacen novios de las chicas, que hay un papá y una mamá en una familia, y que a los chicos les gusta el azul y a las chicas el rosa. A mí me gustaba La Sirenita, pero como no era muy común entre los hombres, prefería decir que mi película favorita era El Rey León.

Durante la secundaria noté que sentía atracción por algunos chicos, pero no le presté mucha atención a esos sentimientos. Recién cuando llegué a la universidad, en 2010, el panorama se abrió.

En mi primer ciclo de la universidad, conocí a un chico que venía de un colegio del Opus Dei. Era tan amable conmigo que, al poco tiempo, me sentí en confianza con él y nos hicimos grandes amigos. Nuestra dinámica era distinta a la que tenía con el resto de mis amigos. Había una química inusual.

“Esa fue la primera vez que sentí dolor por una “ruptura” amorosa. En ese momento comprendí que podía enamorarme de un chico”.

Ahí me hice la pregunta: ¿es posible que este brother me esté gustando? Sin embargo, el sentimiento de culpa, que aún no tenía tan identificado, me hacía sentir incómodo con mis pensamiento. Felizmente, poco a poco, la pregunta se resolvió. Con este chico no pasó nada: cinco años después salió del clóset, todavía es mi amigo y ya tiene flaco.

Ese mismo año, un amigo me presentó a Gabriel. Tras varios meses de patas, me chapó en el ascensor de su casa regresando de una fiesta. Me quedé huevón, pero le correspondí y me gustó. Con él tuve un bromance. Fue bonito y duró lo suficiente como para darme claridad interna.

Duró un verano. Él me presionaba para resolver otros asuntos de pareja y yo no estaba listo. Lo mío fue más sentimental que sexual. Por eso, tiempo después, lo dejamos. Esa fue la primera vez que sentí dolor por una “ruptura” amorosa. En ese momento comprendí que podía enamorarme de un chico.

El día en que decidí hablar

Soy hijo único. Mis padres se separaron cuando tenía 8 años. Mi papá, tras un cambió radical de vida, se convirtió en cristiano. Un par de años después, se mudó a California por trabajo. Actualmente es un hombre que estudia la doctrina de Dios y dirige una iglesia en San Francisco.

Crecí con mi mamá, una mujer bastante autosuficiente y segura de sí misma. A veces no nos entendíamos, pero finalmente estábamos juntos y nos queríamos. Ella fue a la universidad en Alemania. Tuvo un primer matrimonio sin hijos, se divorció, viajó por el mundo y volvió a Perú, donde conoció a mi papá y nací yo.

Su experiencia con el primer mundo hizo que me criara sin muchos prejuicios. A pesar de algunos comentarios homofóbicos no mal intencionados durante mi infancia, nunca me sentí restringido o castrado durante nuestra convivencia. Sin embargo, por el teléfono tenía las incesantes doctrinas de mi padre. A veces las escuchaba, otras veces las refutaba o finalmente le pedía cambiar de tema.

Mi mamá siempre mantuvo respeto por mi vida privada. Sabía que podía hablar con ella sobre muchos temas, pero también sabía que habían cosas que no podía contarle por miedo a ser rechazado o por vergüenza. No quería ser un problema. No quería ser el foco de algo que le generara dolor o más preocupaciones de las que ya teníamos.

“No quería ser un problema. No quería ser el foco de algo que le generara dolor o más preocupaciones de las que ya teníamos”.

Siempre he sido muy transparente con mis emociones. No me sale fingir. Sabía que tarde o temprano iba a contárselo y también sabía que explicárselo a mi papá sería mucho más difícil para mí.

Cuando terminó mi historia con Gabriel, me desestabilicé emocionalmente. Empecé a comportarme distinto, de forma distante con mis padres y mis amigos. Empecé a estar más distraído y a darle menos importancia a la universidad. Me sentía triste. Mis amigos no entendían qué me pasaba y mi mamá me preguntaba todo el tiempo si estaba bien.

Me sentía culpable por el daño que le estaba ocasionando. No podía mirar a mi mamá a la cara sin decirle qué me pasaba. Eso me impulsó a hablar. Un día decidí contarle que me gustaban los chicos. Ella me dijo que quizás estaba confundido, que era una etapa de mi adolescencia. Dejé el tema ahí y me fui a mi cuarto.

Al día siguiente, mi papá me llamó por teléfono. Nunca pensé que mi mamá le contaría. Ella sabía que él sería la última persona a quien le contaría algo así porque juzgaría y me condenaría al infierno. Me sentí traicionado. La conversación con él fue muy fuerte. Después de esa llamada, no hablamos por tres años. Al poco tiempo, la relación con mi mamá ya no era la misma. Ella se culpaba de muchas cosas y sentía miedo por mí.

Un nuevo capítulo

Dejé mi casa. Conseguí un trabajo en una cafetería que me ayudaba a pagar mi nuevo cuarto. Fueron tiempos duros, pero que me fortalecieron. Conocí a Aldo, me enamoré de él y estuvimos juntos. Entendí que era feliz siendo quien era y que sino abrazaba mi esencia nunca podría estar en comunión conmigo mismo.

Cuando terminamos, entré en un momento oscuro. En esa época necesitaba contención. Me era muy difícil lidiar con mis emociones. Al poco tiempo, mi mamá se acercó. Sabía que algo me pasaba. Se convirtió en una gran amiga y consejera. Al fin pude compartir con ella mis emociones. Le conté lo bonito que fue enamorarme y que eso era lo que quería para mí a futuro: verme enamorado y feliz con alguien, sin miedos, y formando una familia.

“¿Acaso un heterosexual va dando contando que le gustan las chicas? La gente lo asume y listo”.

Después de tres años sin hablar con mi papá, un día lo llamé, lo extrañaba. Estaba en un momento estable de mi vida y podía volver a entablar una relación con él. Estaba seguro de lo que quería y sus doctrinas religiosas “que me condenarían al infierno” ya no me asustaban. Con él no entré en detalles, pero sabe que he tenido un novio y que en algún momento me quiero casar y tener hijos.

El tema fue mucho más manejable con mis amigos. Mientras estuve con flaco, algunos se enteraron porque les conté. Estaba muy contento y quería compartirlo con ellos. Sin embargo, siempre ma ha molestado tener que dar explicaciones a la gente sobre mi sexualidad.

¿Acaso un heterosexual va dando contando que le gustan las chicas? La gente lo asume y listo. Me molestaba tener que dar explicaciones, entonces simplemente lo fui normalizando. Algunos ya lo sabían, otros se fueron enterando, algunos se alejaron y otros nuevos amigos también llegaron a mí.

Un nuevo Santiago

Ya no vivo con miedo. Soy consciente de que, durante mucho tiempo, mi forma de vestir y hasta de hablar estaba influenciada por el miedo. Una vez que me acepté y aprendí a quererme, descubrí a un Santiago nuevo, un tipo cómodo y feliz consigo mismo. En ese proceso, también encontré otras habilidades que movían más mis emociones, como la alfarería.

Ser valiente me ayudó a ser quien soy. Supe escucharme y finalmente entendí quien soy y hacia donde quiero ir. No es fácil y la lucha continua, pero valió la pena poner el pecho y apostar por mí.

Acerca del autor:

Santiago Robles tiene 27 años y estudió Comunicaciones en la UPC.Tras graduarse, descubre la cerámica y funda Santē Peru, una marca de cerámica utilitaria y decorativa. Su emprendimiento se sostiene de la producción y venta de objetos artesanales, así como el dictado de talleres.

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