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Estás envejeciendo

Estás envejeciendo

Alana Avendaño

 

¿Vale la pena resistirse a la realidad? ¿Vale la pena oponerse al hecho de que estamos envejeciendo? Yo creo que sí -y que no.

Me explico… Todos los días me miro al espejo para ver, a mis 35 años, que estoy envejeciendo. Ya tuve que dejar de lado la pinza con la que me sacaba una que otra cana atrevida que se asomaba por mi frondosa cabellera que en sus años mozos era rubia oscura -y que con el paso de los años se tornó ceniza y un poco deslúcida (aunque fácilmente, y felizmente, cierta ayuda de la peluquería la vuelve a iluminar).

Veo mis ojos más cansados -no ayuda que genéticamente todas las mujeres de mi familia paterna tengan los ojos encapotados y yo me saque la lotería así que los tengo iguales- y con la maternidad y las malas noches veo cada vez más ese pellejito engordando y unas patitas de gallo disimuladamente asomándose.

Y no soy la única. Te cuento que aunque tú, querida lectora, tengas alrededor de 25 años, también estás envejeciendo. Tú también llegarás a mis aún jóvenes 35 años y, además de pensar ¿Qué demonios estoy haciendo con mi vida que no es la que imaginé? (me río de eso), también pensarás “Me estoy volviendo vieja”, o peor aún “Me estoy pareciendo a mi mamá” (o en mi caso, a mi abuela).

 

“Siento una cómoda sensación con quién soy -con mis fallas y virtudes.”

 

¡Y está bien! No me estoy lamentando…, estoy citando una verdad absoluta. ¡Hay que estar agradecidas por envejecer! Si no estuviese envejeciendo significaría que me he muerto.

Estoy feliz con lo que estas patitas de gallo y canas han traído y seguirán trayendo, ¡significa que he vivido! Estoy contenta con la sabiduría que siento en mí, que me hace decir “what the hell” mucho más que antes. Siento una cómoda sensación con quién soy -con mis fallas y virtudes. Siento que tengo una mayor apreciación por mis capacidades y aunque encuentre fastidiosas varias cosas de mi físico, ya no sufro como antes.

Creo firmemente en que todas deberíamos ser nuestra mejor versión, puede sonar como un terrible cliché, pero si solo tenemos esta vida hay que sacarle el provecho; tratar de estar contentos con nuestra imagen en el espejo y con nuestro yo interior.

Para nuestra imagen exterior existen muchísimos tratamientos, invasivos o no invasivos; pasando por cremas, sueros, fillers, botox, hilos, láser, peelings y demás tratamientos quirúrgicos con los que podemos desacelerar y revertir algunos años en el calendario.

 

“cuestiónate, más allá de cómo te vistes, cómo actúas o de qué edad pareces: ¿qué estás haciendo por tu belleza interior? ¿Eres quien imaginabas que serías?”

 

Pero es muy importante sentirnos jóvenes por dentro y no sentirnos limitadas por nuestra edad -aunque de tanto en tanto sea normal sentir que para ciertas cosas se nos pasó el tren. Para mí algo que solía ser muy desagradable es ver a una persona comportarse de una forma que no va acorde a su edad, pero la verdad, ¿quién soy yo para decirles qué pueden o no hacer? Por favor, ¡haz lo que te genere felicidad con tal que no dañes a nadie, ni a ti misma!

Y cuestiónate, más allá de cómo te vistes, cómo actúas o de qué edad pareces: ¿qué estás haciendo por tu belleza interior? ¿Eres quien imaginabas que serías? Esto es aún más importante porque la belleza interior se nota…, se refleja en nuestra sonrisa, en nuestra mirada y por ende en nuestra actitud. La buena vibra de la que tanto se habla en la actualidad, eso es la belleza interior.

Finalmente ámate, si aún no lo haces empieza hoy. Trata de sacarle el mejor provecho a quién eres y a tu vida, porque los años pasan y no hay peor arrepentimiento que el que se siente por las cosas que no se hicieron. Créeme: tu preocupación en varios años no van a ser las patas de gallo, ni las canas que no pudiste cubrir con tinte.

 

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