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El poder de las redes

El poder de las redes

 

La semana pasada a una amiga le clonaron la tarjeta e hicieron una compra por S/.13,600. El banco se hizo al desentendido, así que recurrió a mí y a algunas otras personas para que la ayudáramos a difundir el caso. 48 horas después y tras un post con cerca de 1000 compartidos, el banco estaba solucionando el tema. Es maravilloso saber que hoy no hay que tener un apellido popular, ser famoso o tener a un conocido influyente: basta con ser alguien en las redes sociales o tener un caso que a la gente le interese compartir. Las marcas ya no pueden aplastarnos tan fácilmente ni los políticos engañarnos como les da la gana. Una democracia perfecta donde el poder lo tiene la gente. ¿Realmente perfecta?

 

Un arma de doble filo

Así como en unas horas podemos lograr que un banco se haga responsable de un problema real, se vuelve fácil -demasiado fácil- hacer viral información falsa, dudosa o no comprobada. Las personas comparten, difunden y opinan con mucha rapidez. Nos tomamos a la ligera acusaciones que pueden destruir marcas, negocios y personas, porque confiamos en que la gente no tiene por qué difundir una mentira. ¿Recuerdan el chifa que, supuestamente, servía carne de perro? Nadie le devolverá a ese negocio lo que perdió, ni tenemos forma de que la historia real (que no era carne de perro) tenga la misma difusión que la primera versión: en este caso la verdad no resulta tan atractiva y pasa desapercibida.

 

Un caso controvertido

En los últimos años han salido a la luz muchos casos de maltrato a la mujer que se han vuelto símbolos de la causa feminista. Dos ejemplos recientes son los de Micaela de Osma y Arlette Contreras: ambas fueron arrastradas por el piso y captadas en video, no dejando lugar a dudas de que fueron víctimas de sus respectivas parejas. Bueno, en el caso de Arlette sí le quedaron dudas a la justicia peruana, quien puso al agresor libre en poco tiempo. ¿Pero qué ocurre cuando una mujer no tiene este tipo de pruebas y denuncia al agresor? El movimiento feminista (o varias agrupaciones que lo representan) plantea que se le debe creer a la víctima en cualquier circunstancia, que su palabra es suficiente y que no se le debe cuestionar. Muchos han salido a criticar esta posición, pero es verdad que, en una sociedad que tradicionalmente ha puesto en duda nuestra versión, que ante una denuncia de agresión física responde con un “ay, pues, algo habrás hecho” y que cuestiona la ropa que usaba una víctima cuando fue violada, necesitamos un espacio y una red de soporte que nos apoye cuando tomamos el valor de denunciar. Yo salí a contar que cuando tenía 17 me acosaba un profesor de 30 y no faltó el que preguntó “¿qué tiene de malo?” o “¿tanto daño te hizo?”.

Otro argumento señala que se debe creer a la denunciante porque, en caso sea mentira, se trata de un daño colateral de la lucha feminista que debemos aceptar. Es decir, si de 100 denuncias 1 es falsa, resulta lógico creerle a esas 100 antes que estar cuestionando cada una. De hecho, los datos oficiales señalan que menos del 1% de denuncias por violación son falsas…, suena lógico asumirlas como ciertas, ¿no? Entonces, los movimientos feministas tienen motivos y el derecho de creerle a la denunciante, darle su apoyo, ayuda y fuerzas, ¿pero hasta qué punto está bien que ataquen y etiqueten al acusado antes de que se pruebe un delito? Esto es más cuestionable, ya que el daño que se le puede causar a un acusado inocente termina siendo tan grave como el que se hace al dudar de una víctima real. No voy a discutir el tema legal (llamar a alguien “violador” sin haberlo probado y, a veces, sin poder hacerlo) porque no soy abogada, pero es importante que se debata el tema para que se cause el menor daño posible.

Quienes sigan las noticias de cerca estarán pensando, como yo, en un caso particular: el de Daniella Pflucker y Guillermo Castañeda. Es un caso que he seguido muy de cerca porque, por un lado, me considero feminista, pero por el otro, soy una firme creyente de la presunción de inocencia. Aunque estoy a favor de creerle y respaldar a la víctima, no estoy a favor de lapidar al acusado cuando hay cabos sueltos. Este caso me generó muchas dudas, así que ante la duda, me abstuve. No opiné públicamente porque mis dudas no eran objetivas: Daniella me parecía poco clara en su denuncia, no me parecía que él tuviera pinta de agresor (como si los agresores fueran físicamente reconocibles), todo se volvió muy de farándula al aparecer en el programa de Peluchín y Beto, etc. Esto le pasó a muchas personas, pero me pareció irresponsable salir a subestimar un testimonio tan grave por simples apreciaciones. No me parece serio decir “no le creo, pero no sé por qué, solo me tinca”.

En paralelo, vi surgir algo que me llamó la atención y me preocupó -y preocupa- muchísimo. Amigos y amigas (varias de ellas feministas) que me escribían en privado sobre el tema, porque tenían miedo de hacerlo público. Varias personas fueron expulsadas de grupos de Facebook feministas por cuestionar la versión de Daniella. Y no hablo de críticas como la de Gachi Rivero, que tildó a Daniella de loca (pésimo, por cierto), sino de personas que simplemente no querían ponerse en ningún bando, sino esperar pruebas o, al menos, oír las dos versiones. Los movimientos feministas están en todo su derecho de tomar una postura, ¿pero no es radical silenciar y apartar a quien tiene dudas o piensa distinto?

En estos días salieron a la luz testimonios de hombres que declaran haber sido “víctimas” de Daniella. Esto ha generado que lo que inicialmente era una opinión dividida, se incline ahora a creerle más al acusado. Sin embargo, nos hemos ido nuevamente al otro extremo: personas llamando a Daniella y a su madre “locas”, “extorsionadoras” y hablando de un “modus operandi”. Es decir, terminan haciendo lo que criticaron originalmente: acusar, señalar e insultar a alguien sin pruebas definitivas y sin oír su versión.

Aunque lo más sensato es esperar las investigaciones, hoy el 89% de gente le cree a Guillermo Castañeda (es un sondeo hecho en Twitter, sin ninguna validez estadística, pero con una muestra de 3000 personas y un resultado bastante contundente). Esto hace que empecemos a pensar, ¿qué sucederá si el día de mañana él demuestra su inocencia o si Daniella no puede probar que él es culpable? No solo es el daño que se le habrá causado a Guillermo, a su carrera, a la temporada teatral que tuvo que cancelarse tras meses de ensayo, etc. -todo esto ya es bastante grave- sino lo mucho que se empezarán a cuestionar futuras denuncias y el desprestigio que sufrirán movimientos que solo tienen como objetivo crear un mundo más justo y proteger a las víctimas del machismo, la violencia y la misoginia que hay en nuestro país.

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