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El día en que dejé de compararme con otras mujeres

El día en que dejé de compararme con otras mujeres

¿Por qué debería dirigir mi energía en pensar en otras mujeres cuando yo merezco toda esa atención?

Por: Alejandra Travi* Gráfica principal: Kelly Ortíz

Las tres escenas que relataré a continuación las guardo en mi memoria –y en un tatuaje– bajo el nombre de “Aprendizaje”. Es marzo de 2008. Estoy cuchicheando bobadas con mis amigas durante el recreo escolar. De pronto, pasa la chica nueva de último año y todos la miran. Blanqueo los ojos y pregunto: “Y esta, ¿qué se jura?”, mientras la observo de pies a cabeza.

Pasan los años y estoy caminando rápidamente hacia un paradero. Una chica que viste lindo viene hacia mí de la mano con su novio e, instintivamente, me paro derecha, humedezco mis labios y sacudo mis rulos. Ambos no se percatan de mi existencia. Unos meses después, una compañera consigue un trabajo genial en una conocida compañía y comento: “Pero si es burra, ¿cómo así la contrataron?”.

Todos estos momentos de mi vida guardan una gran similitud: me comparé con todas ellas. No fui consciente de esta conducta y de sus efectos en mi autoestima hasta hace poco más de tres años. Me di cuenta de que, durante mi etapa escolar y gran parte de la universitaria, estuve sumergida en un círculo vicioso de comparaciones.

Que ella es más guapa, que se compró una camioneta, que su novio le pidió la mano, que se fue de mochilera por Europa, que todos la aman. Obviamente, esto se traducía en que yo no me sentía conforme con mi apariencia, mis bienes, mi relación sentimental, mi pasaporte vencido, mi forma de ser.

La clave: solo enfocarte en ti

Ahora veo hacia atrás y pienso en el tiempo que dejé de invertir en mí misma durante esos años. Y creo que esa es la clave para abandonar este hábito dañino: enfocarnos en nosotras mismas. Fue cuando comencé a ponerme atención real que este comportamiento vacío desapareció. No recuerdo la fecha exacta en la que ocurrió, pero sí el periodo emocional en el que estaba inmersa.

Hacía unos cuantos meses había dejado la casa de mis papás para vivir con mi enamorado y nuestros dos gatos. Él trabajaba en un horario de oficina y yo desde casa. En esos días experimenté purita libertad y emancipación, pero, sobre todo, autoconocimiento. Me convertí en mi mejor amiga, en mi mamá, en mi hija y en mi novia. ¿Por qué debería dirigir mi energía y pensamientos hacia otros cuando yo solita merezco toda esa atención?

“No hay que gastar el tiempo mirando a los que, circunstancialmente, pasan por al lado. Compararse con uno mismo, esa es la clave”.

Lo dice muy claro Celia Antonini, escritora y psicóloga: “No hay que gastar el tiempo mirando a los que, circunstancialmente, pasan por al lado. Compararse con uno mismo, esa es la clave”. Así lo hago ahora. Me comparo con mi yo del pasado y aprendo de ella; me miro ahora en el espejo y valoro mis pequeños logros; y veo hacia el futuro y me digo “allá voy”.

Entonces, ¿cuál fue el camino que seguí para dejar de compararme? Como conté más arriba, el primer paso fue el autoconocimiento. El segundo fue abrazar todo de mí. ¿Por qué? Porque soy importante y merezco dedicar tiempo a mí misma (que ese sea nuestro mantra diario). El tercero vino solo, cuando luego de verme con amor, de pronto, comencé a ver a las demás mujeres con amor. Ya no me sentía como en un campo de batalla, donde las demás mujeres eran mis enemigas. Ahora, eran mis hermanas y aplaudía sus logros.

Acompañé este trayecto con la meditación, la astrología, el twerk y la comida saludable, hábitos y pasatiempos que están conmigo y me siguen sumando seguridad y bienestar.

Sobre la autora:

*Periodista y editora egresada de la UPC. Ha escrito para las revistas SoHo Perú, Cosas, 15 Minutos y Regatas. Baila twerk (su Instagram es TwerkeaPeru), pinta con acuarelas y tiene dos gatos. Confiesa haber visto más de una decena de veces todos los capítulos de Friends.

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